Kyiv sufrió 13 alertas aéreas distintas el 27 de agosto.
Una y otra vez a lo largo del día, las sirenas sonaron mientras Rusia lanzaba drones en pequeños grupos hacia la capital ucraniana. Cada nueva amenaza ponía a la población en peligro y obligaba a las personas a buscar refugio, interrumpiendo repetidamente el trabajo, los servicios públicos, el transporte y la vida cotidiana.
En total, Kyiv permaneció 872 minutos —casi 15 horas— bajo alerta aérea ese día.
Para las regiones más cercanas al frente, las alertas aún más prolongadas forman parte de la realidad cotidiana. Pero lo ocurrido en Kyiv el 27 de agosto muestra otra forma en la que Rusia utiliza sus armas para perturbar la vida de la población civil: lanzamientos repetidos de drones que mantienen bajo amenaza durante todo el día a una ciudad de millones de habitantes.
Esto es lo que significa la decisión de Rusia de prolongar su guerra.
Mientras Moscú habla de diplomacia, continúa invirtiendo en misiles y ampliando su capacidad para hacer la guerra. La disposición de Rusia a alcanzar la paz debe juzgarse no por sus palabras, sino por sus actos, y Rusia continúa optando por el terror y la guerra.
La paz requiere acciones y una presión suficiente para obligar a Rusia a poner fin a su guerra.