Las bajas de Rusia en su guerra contra Ucrania ya superan los 1,3 millones de muertos y heridos. Para cualquier país normal, estas cifras supondrían un golpe político y un motivo para replantearse la situación. Pero no para Rusia. Ninguna cifra de víctimas parece representar un límite para el Kremlin, que sigue despreciando la vida humana.
Por eso, el mundo no puede esperar a que Rusia se detenga por sí sola. Hay que obligarla a hacerlo. Solo acciones internacionales firmes y unidas, políticas, militares y económicas, pueden cambiar su rumbo. Después de más de cuatro años de guerra a gran escala, Rusia no ha logrado ninguno de sus objetivos estratégicos. Es hora de aumentar la presión sobre Rusia para que ponga fin a su agresión.